El destino resuelto de Manuel Felguérez

Por Cristóbal Torres

 [El artista zacatecano Manuel Felguérez habla sobre cómo su formación en el extranjero le permitió formar parte, aun sin proponérselo, de una corriente artística que se contrapuso al movimiento nacionalista mexicano de mediados del siglo XX  El artista plástico, de 91 años de edad, es toda una institución cultural en el México contemporáneo.]

 México, 17 de marzo (Notimex).— Pionero del arte abstracto en el país, las circunstancias biográficas le permitieron construir su perfil artístico lejos de México, donde predominaba la corriente nacionalista de la cual su obra terminó distanciándose formando parte de lo que sería conocido como la Generación de la Ruptura.

El traslado a la capital

Manuel Felguérez (Zacatecas, 1928), con 91 años cumplidos el pasado 12 de diciembre, está rodeado de pinceles y de lienzos:

      —Siempre platico lo mismo, no me quiero repetir —dice con una sonrisa.

      Por eso narra su niñez en la Hacienda de San Agustín del Vergel:

      —Más o menos era media hora a caballo de la cabecera municipal. Me tocó vivir la época del agrarismo, de la expropiación de tierras. Los que trabajaban la hacienda les tocó defenderla. Había dos hileras de rifles parados y al toque de corneta todos para arriba. Mi madre ponía colchones en las ventanas y nos tiraba abajo de la cama.

      Expropiadas las tierras de su padre, la familia viajó a la capital del país:

      —Mi padre vino a entrevistarse con las autoridades porque existían los bonos de la indemnización agraria. Como le habían quitado tierras, pues venía a ver qué conseguía. Sin embargo, tuvo la de malas que, llegando, se enfermó y antes de un año se murió. A mi madre le dio mucho miedo regresar y ya nos quedamos aquí.

      De toda la hacienda otrora de la familia “quedó una pequeña propiedad que se trabajaba con medieros”; es decir, “se hacía un contrato con la gente de ahí: nosotros ponemos la tierra, ustedes el trabajo, nosotros las semillas, era un arreglo de ese tipo. Cada año había que ir a pesar cuántas toneladas habían salido de maíz, trigo, lo que fuera”.

      Nueve décadas de vivencias le han brindado la facilidad de narrar acontecimientos partiendo de un punto que podría parecer inverosímil, pero paulatinamente cae en el tema exacto del que quiere hablar, permitiendo entender con lujo de detalle contextos y génesis:

      —Cuando había terminado la prepa se me ocurrió irme al rancho, que se llamaba Providencia. Tuve un año y fracasé. Sembré olivos, pero no se dieron. Fui un desastre. Además, al mismo tiempo intenté pintar, pero había unas tolvaneras tremendas, o sea no pude ni pintar, ni producir; fracaso total. Ya me regresé a México.

 

Grandote y presumido

 

Recuerda que en aquel entonces “los pintores pertenecían a la Escuela Mexicana”:

      —Era una escuela tremendamente nacionalista, que se apoyaba de los gobiernos y los gobiernos se apoyaban en ellos, que también eran nacionalistas y, entre comillas, “revolucionarios”. Necesitaban crear un arte nacionalista que correspondiera a su idea de gobierno, como pasó en muchos países: los nazis crearon el arte nacionalsocialista, los rusos crearon el realismo socialista… como que por épocas los países procuraban hacer un arte diferente.

      Piensa contar la anécdota con Jorge Ibargüengoitia —a quien conoció formando parte de los Scouts de México— cuando, navegando con los scouts, hizo él, Felguérez, un dibujo y le mencionó al escritor que ya era pintor…

      —Pero es que siempre cuento lo mismo —dice mirando hacia arriba, pensando si continuar o no, y finalmente la cuenta, acortada—. A partir de esa declaración tonta de que ya soy artista, que era como un chiste, fue cuando dije: “Bueno, sí, ¿pero ahora cómo aprendo?”, ¡pues entrando a la escuela! ¿Y aquí en México dónde?, ¡pues en San Carlos!

      —¿Y por qué no le gustó la educación recibida en San Carlos?, ¿fue por la tendencia nacionalista que había en ese momento?

      —Sí y no. Fui ahí. Había la circunstancia de que en ese tiempo recibían estudiantes de secundaria… que entraran con prepa ya fue después. Pero en ese momento yo entré como el grandote de la clase, lo cual fue muy molesto y, además de grandote, ¡presumido!, porque yo ya había visto la Capilla Sixtina, la Venus de Milo, varios museos de Europa; entonces se me hizo muy elemental la enseñanza y estuve dos meses.

      Recuerda que lo hicieron dibujar “un jarrito que no me salía hasta que me salió”:

      —Entonces dije: ¡a este paso a ver cuándo! Mejor me regreso a Europa, ¡como sea!, trabajando como pude me tardé dos años y regresé.

 

 

 

El conocimiento del arte moderno

 

Fue entonces cuando conoció a Ossip Zadkine (Bielorrusia, 1890-Francia, 1967):

      —Sin exagerar nada, fue uno de los dos o tres escultores cubistas más importantes. Tenía un taller y daba una clase donde recibía poca gente porque era un salón muy pequeño, casi todos extranjeros: ingleses, americanos, lo que fuera. No daba clase diario, sino que iba un lunes y ponía un modelo; era como una plática de cultura, se iba, nos dejaba trabajando y volvía el sábado dos o tres horas y lo que habíamos hecho en barro en toda la semana llegaba a corregirlo: eso está mal, quítale aquí, ponle aquí… en eso consistía la clase.

      —¿Cuál fue el principal aporte que le dio Ossip Zadkine?

      —Al mismo tiempo que tomé su clase, aprendí conceptos del arte moderno, del cubismo. Estuve en un grupo internacional con los que platiqué e hice amigos; salí de ahí y encontré en el ambiente bastantes latinoamericanos de mi edad que también buscaban lo mismo; se forjaron colectivos, escuelas, corrientes. Esa fue mi formación. Me dio la apertura al arte moderno.

      No olvida que por aquel entonces tuvo oportunidad de conocer en vida y plenitud a diversas figuras importantes del arte:

      —Ossip era amigo de otro escultor más famoso que él: Constantin Brâncu?i [Rumania, 1876-Francia, 1957]; lo iba a visitar y me dejaba verlo trabajar. Así con otros, por ejemplo, era el gran tiempo de Picasso [España, 1881-Francia, 1973]. Entonces fui a una inauguración y fue la única vez que lo vi en un rincón rodeado de gente; por la timidez de ser joven, ni te le acercas, nada más era como ver el monstruo ahí.

      Mientras en París el artista zacatecano vivía “en el mundo del arte moderno”, aquí lo único que existía era “la Escuela Mexicana”. Fue así como “los jóvenes de mi generación, y el apoyo de muchos de los que habían llegado, empezamos un arte diferente”:

      —En ese entonces éramos los jóvenes pintores. Después, con el tiempo, empezaron los críticos de arte a clasificarnos como Generación de la Ruptura. Me tocó ser uno de los iniciadores de la corriente por casualidad, no por intención.

 

 

 

 

 

Tensión hacia tres, 1973

 

 

 

Tremendamente multidisciplinarios

 

En Europa aprendió “a trabajar de una manera diferente”, pues “empecé con el arte abstracto”:

      —Aunque ese arte abstracto ahora es una cosa normal, en aquel tiempo desató controversia porque el grupo que logramos hacer chocó ideológicamente con la Escuela Mexicana y fueron unos años de mucha polémica, de pleitos.

      Sin embargo reconoce, “aquí entre nos”, que en realidad “éramos amigos pero públicamente era una verdadera guerra, cada quien tenía sus críticos; por ejemplo, la Escuela Mexicana tenía a un crítico que se llama Antonio Rodríguez, también estaba Raquel Tibol, críticos muy polémicos”.

      Felguérez estima a esa generación como “tremendamente multidisciplinaria” porque ahí “nació la nueva danza, el nuevo teatro” En cuanto a la literatura, considera que “nunca volveremos a tener tantos escritores buenos al mismo tiempo”. El único que permaneció igual fue el cine, “no pudieron porque el sindicato no los dejó”.

 

 

 

Un museo para el arte abstracto

 

Actualmente Manuel Felguérez tiene una retrospectiva en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC): Trayectorias (que podrá ser vista hasta el próximo 10 de mayo), recinto al que donó 38 esculturas.

      —¿Qué le gustaría que pasara con toda su obra?

      —Soy de las personas que lo tienen resuelto. Lo que más me gustaría es que todo se hubiera vendido y que se pelearan por ella, pero ni va a pasar y ni lo voy a ver yo.

      Dice que ya lo tiene resuelto, porque en 1998 el gobernador priista Arturo Romo Gutiérrez “me recibió en la puerta, ni siquiera en la oficina”, y le dijo:

      —Quiero que hagas un museo…

      —¡Pero yo no tengo colección! —le respondió.

      —Pues a ver qué haces, pon tus cosas —dijo el gobernador.

      Felguérez le preguntó en qué lugar:

      —Y me presentó a un miembro de su gabinete: fulano te va ayudar a encontrar casas. Y ahí andamos pensando en el museo. Me ayudó muchísimo Meche [Mercedes de Oteyza], mi esposa, porque cuando escogimos la casa, era la cárcel del siglo XIX; ahí había estado el seminario consular.

      Pensaron en hacer un museo de arte moderno:

     —Pero no podíamos, porque no puede haber un museo de arte moderno en México que no tenga a Tamayo, y para tener un Tamayo necesitamos tener un millón de pesos para un cuadro… y no lo tenemos.

      Fue entonces que decidieron dar un giro gracias a su esposa:

      —La idea fue de ella, dijo: “¿Por qué no un museo de arte abstracto?, todos son tus amigos”, y me gustó la idea.

      Lo que inició como una serie de solicitudes a diversos artistas para que prestaran su obra terminó en una constante donación de obras:

      —Cuando iniciamos el museo pensamos hacer una colección permanente y, como era para amigos, Meche hablaba por teléfono; pero coincidían todos con el mismo chiste de: “Yo no te presto nada”, callaban un rato y decían luego: “Quiero donar”. Entonces empezaron las donaciones y ya cuando abrimos [el 8 de septiembre de ese mismo año 1998 ahí en lo que fuera la cárcel y luego el Seminario Consular en Zacatecas] el museo había ciento y pico de obras.

 

 

 

 

 

Llave de Kepler, 1979

 

 

 

Una inacabable donación

 

Paulatinamente el Museo Manuel Felguérez dejó de ser para sus amigos. Hoy en día, cuando el artista nonagenario acude a alguna exposición, “siempre me sale alguien que quiere donar un cuadro”. Entonces les dice:

     —Ándale, haz una foto, mándalo y haz tu solicitud, porque hay un comité que decide si entra o no a la colección. Tiene que haber un consenso para que el cuadro no tumbe la colección —riesgo que puede ocurrir “si empiezas a poner lo que sea”.

      Ahora trabajan en la ampliación del Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez. 

      —Seguro ya no me va dar tiempo de vida para verlo acabado, pero vamos a llegar a la primera piedra y ya está el terreno contiguo para poder poner muchas cosas que nos faltan en el actual, por ejemplo no tenemos cafetería, no tenemos tienda, ¡sobre todo bodegas!, porque lo más importante de un museo es la bodega.

      Hoy en día tienen una colección de pintura que “fácil ya estamos llegando a los 600” cuadros:

      —También tenemos gráfica, más de mil gráficas. Poco a poco el museo empieza a tener un acervo importante. Entonces yo no tengo problema, porque digo: todo lo que me sobre lo voy a dar al museo, porque tengo un área.

      —¿Qué desea que pase con su obra?

      —Pues no es deseo, ya todo está donado de antemano.

 

 

 

 

 

 

Manuel Felguérez

 



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